Se me seguís desde hace un tiempo en estas
páginas, sabréis que uno de los puntos clave en los que me gusta insistir a menudo es la nobilitación del medio Videojuego, un
proceso lento pero fundamental comenzado más o menos a partir de finales de los
Años Noventa. Paradójicamente, fue precisamente con la llegada del dominio total
del entretenimiento doméstico y la triste desaparición de las máquinas recreativas que los
videojuegos empezaron a ser algo más que meros muñequitos en la pantalla que saltan y disparan.
Spesso el cine, la televisión
y la narrativa en papel se acercan al estatus del Arte: obras audiovisuales que transmiten mensajes y, a través del
diálogo entre imagen y palabras, vehiculan emociones y generan reacciones en el ojo del espectador: si el concepto de
“arte” se refiriera esencialmente solo a esto, entonces también el videojuego
entendido como vehículo de input para el público tendría todo el derecho a
tener su lugar de honor junto a ellos.
Pero demos un paso atrás.
¿Qué significa hacer arte hoy?
Acudo nada menos que a la Treccani y les traigo lo que nos enuncia: por arte se
entiende «toda capacidad de actuar o producir, basada en un particular conjunto
de reglas y de experiencias cognoscitivas y técnicas, por tanto también el conjunto de
las reglas y de los procedimientos para desempeñar una actividad humana con vistas a
determinados resultados.»
Capacidad de actuar y actividad
humana que lleve a unos resultados. Estos son, en mi opinión, dos pilares
imprescindibles del estado del arte, porque reflejan cuán decisivo
es el intelecto humano, y en consecuencia su capacidad imaginativa, esa cosa
maravillosa llamada creatividad, y
la elección, o mejor dicho, la planificación que hay detrás, la base sólida para
el éxito, la consagración de una Idea.
Pensamos en The Last of Us, por ejemplo, o en Max Payne para retroceder un poco más en el tiempo, o también en la serie de Life is Strange: videojuegos
con un marcado enfoque narrativo, similares a películas por sus temáticas y tiempos de
rodaje, encuadres y giros argumentales, con tramas adultas y profundas, perturbadoras,
sinónimos de puñetazos en el estómago para el jugador. Y aquí va la primera
provocación: ¿qué tienen de menos la cruda y a la vez salvadora travesía de una
Ellie, o la caída al abismo de la autodestrucción de Max con sus pistolas
dispensadoras de venganza, que un poema épico o una película premiada con un Óscar, si
también ellos nacieron de la chispa creativa de uno o más seres humanos, que a través de
un conjunto de reglas (la realidad y sus parámetros definibles) y experiencias
conocitivas (el bagaje personal que pule el alma humana) y técnicas
(conocimiento del lenguaje de programación y puesta en común de competencias con
guionistas) materializan algo
que antes no existía y nos impacta con estímulos emocionales?
Hay una frontera muy sutil,
como sugiere el título, que separa el concepto de arte de aquel del
videojuego, si es que de frontera queremos hablar: yo lo veo como un hilo rojo todavía bastante desvaído, pero
cada vez menos con el paso de los años, que une las dos cosas, en vez de
separarlas. No han transcurrido más que unos pocos decenios, sin embargo mucho ha cambiado
por fortuna en el ámbito videolúdico y en su difusión en el mundo, también y
sobre todo entre quienes nunca han tomado un mando en la mano: la conciencia del Videojuego ya no
entendido como instrumento del diablo es a gran escala ya una realidad, por fortuna, y la inclusividad, término abusadísimo en
otros contextos, es una realidad espléndida cuando se trata de jugar a videojuegos y
compartir la pasión por las historias en pantalla, pequeña o grande, no
importa.
Porque, en mi opinión, se hace
Arte en el mismo momento en que das forma a un magma de sensaciones y estímulos que te cambian, durante un minuto, un
año o durante toda la vida: es nuestra capacidad humana de imaginar y crear,
ya sea mediante una pluma, una cámara fotográfica, una cámara de cine, un pincel
o un teclado, la que hace artístico el pensamiento que se convierte en libro, película, cuadro.
Y también videojuego. En el momento en que jugamos nosotros
mismos nos convertimos en parte de algo infinito y tangible al mismo
tiempo. Esto sí que es arte, creedme.