Os habrá pasado, en los últimos
tiempos, de toparos con nuevas terminologías durante vuestras peregrinaciones
por el éter, atravesando todas las redes sociales modernas entre reels, contenidos y tiktokers
de coreografías vergonzosas. Cultura woke,
anglicismos forzados y supuestos gurús del entretenimiento videolúdico que
señalan a este o aquel título como siendo o no siendo poco o demasiado políticamente correcto, y ese es el
problema.
Del cine a las series de televisión propuestas
por las plataformas de streaming más famosas, desde la música hasta llegar a nuestros
amados videojuegos, la cuestión censura,
mitigada sobre el papel con una revisión intensa de todos los elementos presentes
dentro de una obra narrativa, ha creado, por contraste, un rechazo
casi total de cualquier elemento
borderline, que ha ido de la mano de otro fenómeno, es decir
la implementación de todo aquello que hasta hoy había sido objeto de
discriminación o sátira, incluso dura, en nombre de una inclusividad que, sin embargo, a menudo ha obtenido efectos diametralmente opuestos
al noble y necesario propósito inicial.
Capolavoros reconocidos,
indiscutibles, de storytelling además de gameplay como The Last of Us 2 han sido ampliamente criticados por la propuesta de
una pareja queer a todos los efectos, afirmando cuánto el foco en Ellie y
Dina puede desviar la atención de todo lo demás: es obviamente una enorme tontería,
pero si hemos llegado a esto es porque la polarización entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo normal y lo extraño, se ha
vuelto demasiado preponderante.
C’è stato un tempo in cui la creatività non
tenía en cuenta todo esto, para bien y para mal: pensemos en Carmageddon, videojuego de carreras, por decir algo, de 1997 donde los jugadores
podían, entre otros modos, ganar puntos y vencer atropellando a la
gente, y no me refiero en bolsa. En aquella época, bienpensantes y supuestos expertos
psicólogos se lanzaron contra el videojuego, generalizando como de costumbre, y
su ser tan poco educativo, una demonización
que no tomaba en consideración la única verdad de todo esto: se trataba
de un videojuego, como también es solo una película cualquiera de terror donde incluso unos
adolescentes pueden acabar muy mal de maneras truculentas. En la Divina Commedia, sí, hoy también recurrimos
a los clásicos, Dante se encuentra en un círculo infernal lleno de niños no
bautizados que sufren los padecimientos del lugar en el que se encuentran, y aun así nadie ha
levantado nunca polémica. ¿Una provocación? Quizá, pero también es un dato de hecho
incontrovertible.
Dos pesos y dos medidas.
Leisure Suit Larry, saga ultradecenal sobre un descarado e
improbable playboy, ostenta una narrativa fuertemente sexista donde las mujeres
vienen representadas con estereotipos afortunadamente ya superados, al menos
sobre el papel, y sin embargo el juego en sí divierte y los enigmas son estimulantes.
¿Cómo hacer?
El corrección política desde luego no habitaba en la mente de los creadores de Duck Hunt, el legendario juego incluido con el Nintendo
Entertainment System distribuido en Italia con su pistola Zapper: un
título de uso y consumo también de los niños en el que el usuario se ocupa de
la caza, quizá incluso sin licencia quién sabe, sería criticado y
probablemente Nintendo nunca lo lanzaría hoy, adaptándose a los tiempos
modernos.
Con esto no se quiere decir que no deban existir límites a determinadas cantidades de violencia excesiva o representaciones desproporcionadas de racismo, intolerancia o la orientación sexual; sin embargo la facultad de poder contar una historia con todo lo que los narrative designers deseen implementar no debe ser castrada de raíz, nunca.
Il riesgo, que ya se está convirtiendo en una realidad gris con la que hay que lidiar, es la tendencia a destruir el proceso de integración y la inclusividad, la verdadera, paga el precio: cada personaje de color que encontremos en un videojuego de ahora en adelante “está porque es políticamente correcto”, cada representación de relaciones o amores entre personajes del mismo sexo biológico “la han puesto porque es woke” y así sucesivamente. Basta con ser un mínimo inteligentes y tener sentido común para entender que no es exactamente así.
Un juego de masacre que no beneficia a nadie.