Come ya sabéis bien, me resulta
estimulante mantenerme al día sobre la relación existente entre videojuego y sociedad,
en relación con las últimas fronteras del entretenimiento. Recientemente,
algunos
estudios han examinado la conexión que existe entre Videojuego y Potenciación
Cognitiva, sobre todo en los niños y en los preadolescentes.
He apreciado la premisa
inicial del artículo: los videojuegos “violentos” no son el mal, pero hay que
trabajar en las herramientas educativas que se deben proporcionar a los chicos para poder discernir
la realidad de la ficción.
La historia del videojuego, entendido
no solo como un mero pasatiempo, sino como instrumento
sociocultural útil para relacionarse mejor con los demás además de con nosotros
mismos, ha sido a menudo objeto de críticas feroces. Los bienpensantes y los valientes de
teclado siempre han existido, hoy como entonces, pero en los albores
del entretenimiento videolúdico doméstico, la caza de brujas (en
lo que respecta a Resident Evil, Grand
Theft Auto e incluso al buen viejo Super Mario) se desató con un número
impreciso, pero elevado, de focos en todos los medios.
Uno de los escudos que desde siempre se
ha levantado para defender nuestros queridos videojuegos consiste en la tesis de que
jugar permite una mejora sustancial y clara de la coordinación mano-ojo, en otras palabras, la
relación existente entre nuestra capacidad visual y los miembros superiores. Cualquiera
de vosotros que haya jugado alguna vez a Tapper o Bomb Jack o a cualquier roguelike
moderno, Dead Cell sobre todo, sabe de
qué estamos hablando.
Pero no basta. El papel del
videojuego dentro de nuestra sociedad ha cambiado muchísimo, en los últimos
tres decenios: quedan lejos los tiempos en que era demonizado con dureza, claro,
sin embargo existen bolsas de resistencia, por usar un término querido por los
aficionados de la serie Fallout, que
no se resignan y continúan asociando el videojuego con algo
negativo, un señuelo que distrae a los adolescentes
alejándolos de cosas mucho más
importantes.
Eppure, las comunidades en línea, nacidas
con la llegada de los foros y del icónico pero insoportable chirrido del módem,
agregan inmensos grupos de personas de distinto sexo, nación y extracción
social en nombre de sus videojuegos favoritos y de las muchas ramificaciones de la cultura pop. Además, se ha
demostrado ampliamente que las capacidades cognitivas, de resolución de problemas y cooperación experimentan una mejora al alza en quienes juegan
constantemente a los videojuegos: basta pensar en los muchos títulos en co-op donde
el aspecto de apoyo mutuo es vital, para poder alcanzar el objetivo
prefijado, como Among Us o el
bellísimo It Takes Two.
Qui no se trata de simulacros
virtuales que aspiran a sustituir las paredes de lo real, que quede claro: cuando
apagamos la consola, nuestro cerebro debe recalibrarse inmediatamente sobre
lo que nos rodea, activando los cinco sentidos (siete si sois Caballeros
del Zodiaco, pero el concepto es el mismo).
Si hablaba de potenciación social, inicialmente,
en la perspectiva de una mejora por parte de los chicos en la construcción de relaciones y,
en consecuencia, de tener un conocimiento más consciente de su propio espectro
emocional: jugar a The Last of Us,
por ejemplo, enseña el valor de la redención y la reivindicación en un mundo
distópico fascinante y horrible, mientras Final
Fantasy IX analiza la conexión ancestral entre la pregunta “¿existe
un alma?” y las posibles respuestas, excavadas en lo más profundo dentro de nosotros.
L’any pasado, me ocurrió ver un vídeo en las redes sociales en el que un profesor explicaba a los estudiantes algunos episodios históricos relativos a la famosa batalla de las Termópilas: para hacerlo, utilizaba algunos fragmentos de gameplay extraídos de un videojuego de la serie Assassin’s Creed: de este modo, la atención se focalizaba con mucha más eficacia en el tema tratado. Un perfecto maridaje entre herramienta mediática y programa educativo, ¿no os parece?
I videojuegos pueden hacer mucho
bien, pero nosotros, los adultos, ante todo debemos comprender su valor: solo así podremos
transmitírselo a nuestros hijos.
Divirtiéndonos y creciendo, junto a ellos.