Las cuestiones de siempre, esas que
cíclicamente vuelven a la boca de todos, entendidos y no entendidos. ¿Martin
acabará algún día su saga fantástica? ¿El trompo de Inception cae o no? ¿Los
videojuegos hacen daño a nuestros jóvenes? Pero sobre todo, ¿son “cosa de viejos”?
Con el máximo respeto, yo creo
que en 2025 cualquiera que considere el videojuego algo abstruso, fuera de época y
perjudicial para las mentes jóvenes (y un poco menos jóvenes), es un auténtico memeces.
Ser llevados a creer que los videojuegos son porquería para los viejos
nostálgicos significa vivir con la cabeza bajo tierra, inconscientes del hecho
de que las empresas dedicadas impulsan la facturación de los sectores colaterales: además,
el alcance sociocultural del videojuego entendido como medio para las masas,
emblema de la Cultura Pop en su acepción positiva y capaz de mirar al
futuro, está ya fuera de toda duda.
Pero demos un paso atrás y
planteémonos la pregunta reina, aquella que nuestros padres y tíos susurran
durante las fiestas alrededor de la mesa cuando ven a los primitos y a los primos más
grandes (spoiler: ¡yo!) retándose a golpe de plátanos y medusas lanzaink a
Mario Kart: ¿se puede vivir, ganando dinero, dinero de verdad, gracias a los videojuegos? Sé que parece absurdo, pero ocurre
todavía, hoy como entonces.
Recientemente, me ha sucedido leer en algunos sitios y foros especializados una serie de intercambios entre usuarios que trabajan en la industria, incluso aquellos que sostienen sobre sus hombros laboriosos start ups con títulos indie en fase de desarrollo, y he entendido que todavía hay muchísima desinformación precisamente entre quienes se acercan a la producción y al desarrollo de un videojuego, incluso antes que nuestros parientes algo mayores. Puede parecer una contradicción en términos, pero en un mundo tan estratificado, donde la publicación de un videojuego a toda costa, atendiendo a calendarios ajustados, se vuelve prioritaria frente a la calidad efectiva y, sobre todo, a la completitud del propio juego (véase el caso Cyberpunk 2077, por mencionar un nombre sonoro), da por sentado que aclarar las cosas se convierte en el primer paso necesario para orientarse en esta laberíntica mazmorra.
Basándonos en una fuente
fiable en el mercado italiano actual como Randstad,
en 2023 se estimó que un desarrollador de videojuegos gana al año
30.000 euros brutos. Claro, hay una diferencia notable entre un desarrollador
indie y un senior que trabaja para empresas consolidadas a nivel europeo, por
ejemplo, pero el dato es indicativo: se puede vivir trabajando con los videojuegos, es
un oficio que no prevé una edad máxima o mínima, requiere competencias
muy precisas que se pueden adquirir a través de programas de estudio y másteres
especializados. En pocas palabras, pertenece a la categoría de las profesiones
del futuro, accesible tanto para el joven graduando como para el “viejo” game designer
experto en arcade de los años ochenta, que en aquellos años devoraba a diario Pac
Man y lanzaba monedas de doscientas liras como shuriken en las ranuras de las
máquinas recreativas: hoy en día ambas figuras son capaces de aportar sus
competencias a la industria.
Los ejemplos son muchos: pensemos en
Baldo: The Guardian Owls de Naps
Team, un estudio netamente italiano que ha llegado a Switch y no solo, o
también la nuestra Milestone que
domina el género racing mucho más allá de nuestras fronteras desde hace muchos años. Y esto es
solo una pequeña parte de un mundo que ya no es patrimonio de pocos nerds;
quedan lejos los tiempos en que videojuego era sinónimo de sótanos oscuros y
polvorientos PCs 486 con tarjeta VGA exprimidos como limones para hacer correr el último
mod de Doom: las facturaciones de Konami y From Software, por citar una columna ya conocida en todo el
mundo, y el “nuevo” que avanza galopando con la misma fiereza que sus
corceles fantasmales traducidos en pantalla (Elden
Ring eres tú?), dicen mucho sobre cuán rentable es el mercado
de los videojuegos; en consecuencia, figuras de referencia como desarrolladores,
diseñadores narrativos (narrative designer suena más cool, lo sé, pero de eso se
trata), artistas de efectos especiales, level designers y muchos otros se vuelven
imprescindibles.
Ropa de viejos? Diría todo lo contrario:
la oferta y la demanda avanzan de la mano con una tendencia en crecimiento que no se
puede ignorar, gracias al relevo generacional entre los consumidores y la búsqueda
espasmódica del memorabilia, el objeto de culto que los coleccionistas rastrean
en los múltiples sitios especializados, entre ellos el propio The Games Market, plataforma especializada en un contexto
sectorial de este tipo.
¿Es todo oro lo que reluce?
Obviamente no, como podrán imaginar. La desinformación sobre todo lo que está
relacionado con los videojuegos ya no está a los niveles medievales de los años
inmediatamente posteriores a 1990, cuando se alzaban antorchas y horcas
vociferando en los telediarios contra la violencia de Doom y Carmageddon,
responsables de plagiar las mentes de los chicos listos para disparar a la gente y
atropellar a las viejecitas en los pasos de peatones. Pero todavía queda mucho camino por
recorrer, empezando por la dignificación de un oficio, antes incluso que de un medio
de consumo: demasiadas veces grupos de desarrolladores independientes se encuentran teniendo que
conformarse con las migajas para publicar sus juegos, a pesar de que
plataformas como Steam han de
hecho legitimado la exclusividad de las élites, permitiendo incluso a títulos menores
tener su propia parte del mercado y ganarse el favor del público, a la espera de audiencias
más amplias y focos de una luz más intensa.
Siamo solo all’inizio della nueva
era en los videojuegos, y es importante, si no fundamental, que la divulgación y
la honestidad por parte de los profesionales vayan en la misma dirección para hacer
que, en la próxima cena de Navidad, padres y tíos no pregunten más si se
gana algo trabajando en el sector de los videojuegos, sino que se unan
a la comunidad trasteando con el nuevo Super Mario.
Desarrollado justamente por el nieto
sentado al lado, quizá.