Todas nuestras experiencias están constituidas por una zona de confort en la que vivimos a gusto y otra que podríamos definir como desconocida, ignota, una jungla inexplorada pero que nos atrae inexorablemente y a la que difícilmente sabemos resistirnos. Como la existencia humana, al fin y al cabo: un viaje en el que nuestro ser se traslada de un punto A a un punto B, en una secuencia constante y continua.
L’avvento de la Realidad Virtual en el mundo de los videojuegos ha sido un momento histórico más único que raro, plasmado desde los primeros tímidos intentos en los años ochenta con novelas de anticipación y películas más o menos logradas que exaltaban su poder inmersivo. Hoy, los visores VR y títulos cada vez más competitivos entre sí son una realidad todo menos virtual: Oculus Rift e incluso el demasiado subestimado casco de PlayStation han fijado nuevos estándares de referencia. En consecuencia, resulta obvio que el usuario medio, acostumbrado a empuñar joysticks o gamepads para afrontar los niveles de disparos de R-Type o las implacables elecciones morales de cualquier Life is Strange, se encuentra entrando, con los cinco sentidos implicados de manera masiva, dentro del videojuego.
Da A a B, decíamos.
E cuando sucede, la percepción que se tiene del Juego con mayúscula cambia radicalmente. Desde niño, cada uno de nosotros ha soñado al menos una vez con tomar el timón del galeón y huir de los piratas surcando olas bravías (o ser el bucanero con el parche en el ojo listo para el abordaje, ¡el lado oscuro siempre seduce!) o bien el héroe que derrota a orcos babosos y monstruos gigantes con espada, hechizos y una buena dosis de inconsciencia.
Entrar con la imaginación entre las páginas de un libro no tiene igual, pero todo evoluciona, las personas y las generaciones mismas cambian con el favor del viento del cambio y no se puede ignorar algo tan epocal y arrollador como el propio concepto de Realidad Virtual. Gracias a títulos como el épico Asgard’s Wrath y el adrenalínico Star Wars Squadron para Ps4 podemos convertirnos en los protagonistas absolutos de las aventuras en pantalla. Nos ponemos un casco y, como por arte de magia, afrontamos duelos increíbles rodeados por el clangor de las espadas y navegamos hacia Coruscant en busca de una base enemiga de los Sith, y así sucesivamente.
¿Y el Videojuego Clásico? ¿Ese con el que crecimos nosotros, hijos de un dios del tiempo en absoluto menor, bendecidos por haber visto las primeras cabinas instaladas en los rincones más recónditos de los bares envueltos en neblinas de humo de cigarrillo y los comentarios de los ancianos «¿que esas maquinitas infernales hacen más ruido que otra cosa?». Como diría el replicante de Blade Runner, ¿todo esto se perderá para siempre como lágrimas en la lluvia?
No. No puede ni debe suceder. Y creedme cuando os digo que no es la estoica y patética resistencia verbal de un nostálgico, sino la conciencia de que, si bien es cierto que todo cambia y evoluciona, hay excepciones que incluso confirman esta regla natural. Lo que hace del medio videojuego algo tan único y fantástico no es la industria o la facturación multimillonaria de títulos como Zelda o Elden Ring, videojuegos normales, no desde luego en realidad virtual: yo creo que, mientras exista la capacidad de imaginación del jugador, la skill pasiva más potente de todos los tiempos, seguiremos jugando durante mucho tiempo como siempre lo hemos hecho.
La Realidad Virtual no es el enemigo, sino un síntoma tangible de la evolución tecnológica, algo que abrazar y comprender y no demonizar. La implicación audiovisual y la magia experiencial de un juego disfrutado con el casco en la cabeza y los guantes específicos nos catapulta en alma y corazón dentro de la aventura que elegimos vivir.
I nostri sensi, aunque sean conscientes de que están siendo literalmente engañados por el escenario ficticio de un mundo cuyas paredes en realidad no existen, nos devuelven emociones y escalofríos en abundancia, haciéndonos sentir únicos de una manera totalmente nueva y aún por descubrir.
Ma a hacer la diferencia, lo repito, somos nosotros. La capacidad de imaginar, incluso antes de que lo haga una herramienta fría y artificial por nosotros, es lo que nos hace humanos, jugadores, protagonistas.
Vivi.