Qualcuno decía que si miras durante mucho tiempo dentro del abismo, incluso el abismo mirará dentro de ti: queriendo apartarme de contextos filosóficos que no nos competen, he querido retomar este famoso aforismo para subrayar cuán vasta es la brecha entre las últimas consolas, las de novena generación y que representan la realidad circundante con un grado de verosimilitud superior a la realidad misma tal y como la percibimos nosotros, y las primeras gloriosas máquinas de juego, con sus píxeles visibles a simple vista sin demasiados adornos y que apuntaban al corazón de las cosas: jugabilidad y diversión inmediata.
Un abismo de mundos, colores y niveles en el que es fácil y agradable perderse, mirándolo con ojos modernos, y es precisamente desde el fondo de estos precipicios videolúdicos que nacieron esos objetos místicos llamados Adaptadores, verdaderos salvoconductos que permitían a los jugadores de “Entonces” poder disfrutar de experiencias que estaban vedadas a quienes no poseían más consolas, y que, a distancia de tantos años, todavía hoy siguen siendo imprescindibles para los coleccionistas y para quienes quieren recorrer de nuevo aquellos antiguos pasos.
Uno de los adaptadores más famosos es sin duda el Tri-Star, conocido también como Super 8 entre los entendidos. El color gris retomaba obviamente el famoso tono cromático de la Super Nintendo, ese legendario "Snes" que nos vio protagonistas de innumerables aventuras, entre Donkey Kong y Super Mario, solo por citar dos de los grandes clásicos que llegaron a la consola de 16 bits desde la rampa de lanzamiento que fue la Nes, la hermana menor de ocho bits, y la Famicom, como se llama en Japón!
[Pantalla principal de selección de 8 o 16 bits]
Ed es precisamente el Nintendo Entertainment System el que emula el Tri-Star, permitiendo así jugar con los cartuchos de la consola que lo precedió. Este periférico, sin licencia y por tanto no publicado oficialmente por Nintendo, vio la luz en 1995, año seminal para los dieciséis bits de los que la Snes era orgullosa abanderada. Sin detenerme demasiado en los aspectos puramente técnicos del periférico, fundamentalmente insertando el cartucho de NES o de Famicom en una de las tres puertos, aparece un menú bastante simple e inmediato que permite seleccionar el puerto y el juego, para poder disfrutar de él con total tranquilidad.
Ne hablo en presente porque, como todas las reliquias de la época que fue, gloriosa y nunca olvidada, también El Tri-Star (que, por cierto, tuvo una actualización para la Nintendo 64 con las mismas funcionalidades) no se ha perdido en el tiempo: buscado por aficionados y coleccionistas, debe su fama a la esencia misma de su existencia, eslabón perdido entre dos generaciones de consolas que fueron a su vez un punto de inflexión en el contexto videolúdico.
Hoy, quizá, su utilidad ha desaparecido, gracias a Internet y las infinitas posibilidades que las tiendas de las consolas actuales ofrecen a los jugadores, con operaciones de nostalgia y demás, pero resulta obvio que el encanto de un periférico concreto, que se puede tocar y manejar, libre de influencias digitales evanescentes, no se puede desde luego ignorar.
Simon Larocca
Mi chiamo Simon Larocca, e sono un videogiocatore, collezionista e amante della cultura pop in tutte le sue forme. Vado al cinema ogni volta che posso, leggo da quando porto gli occhiali, quindi da sempre, e ho la passione per lo storytelling in tutte le sue forme, così dirompente da farla diventare una professione. Ma come direbbe Doc di Ritorno al Futuro, non ci sarebbe presente se non si guardasse al passato con rispetto e ammirazione, ed è il Simon bambino di più di trent’anni fa, anno più anno meno.
Simon Larocca
Mi chiamo Simon Larocca, e sono un videogiocatore, collezionista e amante della cultura pop in tutte le sue forme. Vado al cinema ogni volta che posso, leggo da quando porto gli occhiali, quindi da sempre, e ho la passione per lo storytelling in tutte le sue forme, così dirompente da farla diventare una professione. Ma come direbbe Doc di Ritorno al Futuro, non ci sarebbe presente se non si guardasse al passato con rispetto e ammirazione, ed è il Simon bambino di più di trent’anni fa, anno più anno meno.
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